La noche del 19 de septiembre de 2017, hora de Hong Kong, me dormí sin haber terminado mi artículo del mes para la revista en español, la fecha límite era al día siguiente. No me preocupaba: por la mañana mis hijos tomarían el transporte escolar antes de las siete, mi esposo se encaminaría a la misma hora al aeropuerto para volar hacia México y yo me encerraría en mi habitación a escribir sobre cultivos sustentables en los Nuevos Territorios. A las 5:45 a.m. del día 20 apenas escuché la alarma del despertador porque el sonido se interrumpió casi al instante, mi marido lo había silenciado. Giré para desperezarme y caí en la cuenta de que su cabeza había sido intercambiada por sus pies. Me incorporé, vi que estaba acostado boca abajo, con los brazos alargados deteniendo su celular sobre el piso, el cuerpo estirado hacia la cabecera. Hice la típica pregunta redundante que suelo hacer cuando no he despertado del todo:

—¿Ya estás despierto? —Él giró y el resplandor de la pantalla del teléfono le alumbró un lado de la cara.

—Hubo un terremoto en la Ciudad de México de 7.1, se cayeron varios edificios —respondió.

Me tallé los ojos intentando asimilar la información.

—¿Cómo? —dije para darme tiempo de reaccionar o quizá con la esperanza de estar soñando. Se incorporó él también y me dio un beso.

—El epicentro fue en Morelos —explicó mirándome a los ojos—. Hay un mapa de los edificios afectados en la Ciudad de México. El aeropuerto de momento está cerrado —agregó.

Me senté frente a la computadora, encontré el mapa y comencé a revisar los sitios marcados. Entré a Facebook, escribí una breve nota preguntando a mis contactos cómo estaban con la esperanza de que amigos y familia reaccionaran a ella. Sentí el Océano Pacífico tan grande que me imaginé estar enviando una señal de humo.

—¿Qué día es hoy? —pregunté.

—Es 19 de septiembre, justo el mismo día del terremoto del 85 —respondió mi esposo antes de meterse a bañar.

Apreté el botón de inicio de mi teléfono y la pantalla se alumbró: 5:50 de la mañana, miércoles 20 de septiembre, leí sobre la foto que le tomé a mis hijos en el Museo de Ciencias de Kowloon. «Estoy en el futuro», pensé. Quise abrazar a México y arrastrarlo a mi día de mañana en esta ciudad de Asia, en donde los edificios seguían de pie e intactos.

De inmediato viaje treinta y dos años al pasado, al 19 de septiembre de 1985, cuando tenía nueve años e iba en cuarto de primaria. Me desperté como todos los días para ir a la escuela, me vestí y bajé a desayunar con mi hermano y mi mamá en nuestra casa en Cuernavaca, Morelos. Comenzó a temblar mientras nos comíamos el huevo revuelto, los tres nos quedamos inmóviles con el tenedor a la mitad del camino entre el plato y la boca. Esperábamos a que cesara rápido, pero el piso continuó moviéndose y moviéndose. El agua de la alberca comenzó a oscilar hasta salirse de su cuenco e inundar la terraza, colarse por debajo de la puerta y cubrir el piso de la sala. Mi mamá nos ordenó que saliéramos al jardín, ningún pajarito chirriaba y los tres guardamos silencio. La tierra no dejaba de moverse y esos minutos se hicieron eternos. Cuando al fin cesó volvimos a entrar a casa, terminamos de desayunar, agarramos nuestras mochilas y caminamos a la escuela.

Fue hasta que algunos compañeros y maestros dijeron que la Ciudad de México se había destruido que comprendí que aquel temblor no había sido como cualquier otro. Recuerdo haber estado sentada en mi pupitre pensando durante el día en mi papá, en mis abuelas y mi abuelo, en mis tíos y tías, en mis primos y primas que estaban en la capital. Pero a esa edad se vive en el momento, y fui capaz de correr y reír durante el recreo. Al salir de la escuela caminamos de regreso a casa mi hermano y yo. Nos recibió la sorpresa de que mi papá estaba ahí, esperándonos. Más tarde nos contó que, al ver que los sistemas de comunicación se habían caído, pasó a verificar que la familia estuviera a salvo y manejó a Cuernavaca angustiado porque el epicentro había estado más cerca de nosotros. Aun cuando era pequeña y no vi más que en fotos la destrucción de aquel sismo, el 19 de septiembre del 85 me marcó, como a millones de personas. Las historias que se iban dando a conocer eran sobrecogedoras, junto con la tragedia llegaba de la mano la solidaridad, el compañerismo y la generosidad. La bondad presente en la adversidad.

Treinta y dos años después, en ese mismo día, México vuelve a ser sacudido. Me entero de la noticia sin haberlo sentido, la distancia y la diferencia de horario me hacen estar tan desfasada como si en verdad viviera en el futuro. La tarde de allá es nuestro amanecer aquí; pero en esas primeras horas México no duerme cuando cae la noche. Miro durante mi día el trabajo sin descanso de mexicanos rescatando mexicanos. La pantalla de la computadora me provee fotos y transmisiones, el teléfono me permite comunicarme con familiares y amigos. Comienzo a construir imágenes a partir de descripciones, videos y fotografías de la Ciudad de México, donde nací, de Morelos, el estado en el que crecí, de Puebla, la ciudad de la que he escrito. De nuevo, junto con la tragedia llega el altruismo. Fotografías de cadenas de gente cargando escombros, manos alzadas queriendo ser elegidos para ayudar, olas humanas trasladando botes de agua, comedores abiertos ofreciendo comida gratuita, mensajes de puertas abiertas para llegar a dormir. Los ciudadanos salen a la calle a apoyar, son tantos que en menos de un día ya hay mensajes de que se repartan a otras zonas afectadas porque ya son muchos voluntarios en ciertos barrios. El recuerdo del 85 se vuelve inminente, cada quien hace lo que puede y de nuevo la tragedia nos une. En la pantalla de la computadora veo con inmenso orgullo y esperanza la respuesta ciudadana. Al mismo tiempo siento impotencia por estar lejos. Miro las calles que tantas veces he transitado cambiadas para siempre y quisiera estar ahí. Me siento apartada y no me gusta. «No se puede todo en la vida», me digo como consuelo, porque no puedo estar en Hong Kong y a la vez sentir que estoy en México. Así es, no puedo cambiarlo. «Cada quien hace lo que puede», me repito porque no estoy allá y aquí voy un día adelante. Pero eso no me impide apoyar respetuosamente a mi país. Pienso en mi familia y mis amigos, quizá la ayuda correcta sea escuchar a quien se quiera desahogar, decir o escribir una palabra de aliento cuando haga falta, estar atenta a las donaciones organizadas, apoyarlas y promoverlas en donde quiera que esté, mantenerme al pendiente por si me piden algo, cualquier cosa.

Miro mis manos sobre el teclado, no puedo cargar piedras a la distancia; espero, en primera instancia, poder ayudar a cargar este pesar.Ø

Hong Kong, octubre de 2017.