Hace un año y medio nos mudamos a Asia. Aún puedo recordar que durante nuestro primer fin de semana estuvimos en completo estado de transición: con el cuerpo en Hong Kong, el ritmo circadiano de Viena y nuestras pertenencias flotando en algún lugar del Océano Atlántico. El hogar temporal era un cuarto de hotel invadido por maletas y aire acondicionado, decorado por la vista de un edificio tras otro que desembocaban en un mar que, desde ahí, no se lograba ver.

La segunda noche fue la más pesada, estuvimos los cuatro mi hija, mi hijo, mi esposo y yo despiertos casi tres horas en la madrugada, durante las cuales devoramos los restos de galletas y comida chatarra que habíamos comprado en un Circle K de Cochrane Street, mientras nos repartíamos la poca agua potable restante de una botella casi vacía, cual náufragos en una isla desierta. Logramos volver a dormir de milagro, pasando el medio día despertamos acalorados, desconcertados y hambrientos. Decidimos bajar caminando junto a las famosas escaleras eléctricas en busca de comida, porque a esa hora solo van de subida, hasta detenernos en un restaurante de bebidas llamativas con ingredientes exóticos. Después de estudiar el menú, mi hija nos miró encantada de haber encontrado una malteada de macha y mi hijo otra de mango, ambos ingredientes poco comunes en Austria. Eran las dos y media de la tarde y estábamos ordenando nuestro desayuno: fideos, dim-sum, costillas de cerdo, arroz, camarones, pollo frito, nuevamente cual náufragos pero esta vez después de volver a casa.

Comimos delicioso, salimos de ahí refrescados y contentos, el aire acondicionado estaba tan fuerte que en combinación con las bebidas frías nos congelaron las manos. Y es que aquel fue un fin de semana especialmente caliente en Hong Kong, según nos informaron más tarde, con altos —casi criminales— porcentajes de humedad. Continuamos bajando hasta llegar sudados y necesitados de otro aire acondicionado al IFC. En el centro comercial miramos aparadores, gente, anuncios, hasta que nos encontramos con un ventanal desde donde se veía muy de cerca una rueda de la fortuna alta y blanca, de cabinas en forma de cápsula, era la misma que habíamos visto desde el coche cuando nos llevaron del aeropuerto al hotel.

—¡Hay que subirnos a la Riesenrad! —gritaron los niños. Mi esposo y yo nos miramos, sonreímos porque utilizaron la palabra en alemán: Riesenrad, que quiere decir rueda gigante y es como se le conoce a la noria de Viena. «Estamos en transición», pensé y no se me ocurrió una mejor manera de pasar de un país a otro sino girando con vista a nuestra nueva ciudad.

Nos encaminamos hacia la enorme rueda de la fortuna por un puente peatonal, los niños comenzaron a comparar la anterior con la nueva de Hong Kong y en el proceso reflejaban su nostalgia por Viena.

—La de allá era más grande —dijo una.

—E iba más rápido —agregó el otro, aunque con una mirada era evidente que ninguna afirmación era cierta.

—Pues si no es más alta, ni más rápida, sí es más cara —dijo mi esposo cuando nos acercamos a comprar los boletos y al haber poca gente nos asignaron una cabina para nosotros cuatro, aunque la capacidad máxima era para seis.

Hay algo extraordinario en los minutos de espera antes de abordar a una rueda de la fortuna: no importa cuántas veces lo hayas hecho ni la edad que tengas, genera emoción. Las puertas se abrieron y empezaron los «¡Wow!», «¡Qué galáctica!», «¡Es mucho más moderna!» y para rematar dijimos al unísono: «¡Tiene aire acondicionado!». La Reisenrad de Viena es antigua, las cabinas son muy grandes, empacan a más de diez personas, tienes que tomar turnos para sentarte y no hay aire acondicionado. Dimos una vuelta completa y acostumbrados a la rueda de la fortuna europea tres de nosotros nos dispusimos a bajar, pero mi hija declaró: «Todavía no. Son dos vueltas». La miramos dudosos, pero efectivamente nos dieron otra vuelta para emoción de mi esposo, mi hijo y yo. Entonces sacamos más fotos, miramos con mayor detalle la ciudad y al llegar abajo no nos detuvimos.

—¡Son tres vueltas! —gritaron los niños, quedando sorprendidos los cuatro.

Al salir, mis hijos coincidieron que la noria de Hong Kong era más veloz y más alta que la de Viena, casi como aceptación de estar ahora aquí y no allá.

—Aunque esta no está junto al Prater —escuché decir mientras salíamos.

Esa tarde todavía tuvimos tiempo de cruzar en barco a Kowloon y ver el espectáculo de luces. Regresamos al hotel entre edificios alumbrados y nos detuvimos a comprar varias botellas de agua y más galletas antes de resguardarnos en el hotel. En la madrugada volvimos a estar despiertos por una hora, pero esa fue la última vez que no dormimos de corrido.

Nos tardamos un par de días más en agarrar el ritmo circadiano local y tener una nueva dirección de correo; unas semanas para contratar un teléfono con lada +852, conexión de internet y conseguir escuela para los niños; y dos meses para que llegara el barco con nuestras pertenencias. Al día de hoy nos hemos subido tres veces a la Hong Kong Wheel, a la cual ya dejaron de llamar Riesenrad; además de mango y macha hemos encontrado jícamas y chayotes en los mercados; hemos aprendimos a resguardarnos los días de mayor calor y a caminar por los pasajes con aire acondicionado. Aun así, algunos días salen los pequeños recuerdos de los traslados anteriores en la maleta de nuestro vocabulario, hasta del primero, a Tokio, en el que los niños todavía no nacían: como referirnos a los frijoles de soya como edamames y umeboshi al durazno japonés en conserva, o llamarle Schnitzel al puerco empanizado sobre arroz frito y decirle Schlagobers a la crema batida. México, por el contrario, siempre está presente en el idioma de casa, sin importar los otros que han debido aprender en la escuela.

Es curioso cómo cada lugar ha dejado marcas únicas y peculiares, me pregunto qué palabras nos llevaremos de Hong Kong, donde se habla cantonés en la calle, inglés entre extranjeros y se enseña el mandarín como segundo idioma en las escuelas internacionales. Me gusta cargar esta maleta de palabras extranjeras, ligeros suvenires de cada traslado los cuales no ocupan espacio. Del mismo modo, soy estricta en utilizar el español siempre que nos comunicamos entre nosotros y me parece un acierto cuando escucho un ándale entre los niños, o cantar Las mañanitas en vez del Happy Birthday en los cumpleaños. Pero tampoco me engaño, aunque casi no cometan errores gramaticales tanto a mi hija como a mi hijo se les escucha un tenue acento al hablar su idioma. Hace un mes que estuvimos en México alguna que otra persona curiosa les preguntaba por qué hablaban así. No me preocupa, ese cambio de entonación será la suma de recuerdos de los otros países que fueron su casa y estimo que habrá valido la pena. Confío en que también mantendrán la certeza de que, sin importar si vivimos en un continuo estado de transición, México siempre será su equipo y su hogar.

Hong Kong, febrero de 2018.