La primera aplicación que bajé a mi teléfono recién llegada a Hong Kong fue MyObservatory, creada por el Observatorio de Hong Kong. En pocos segundos apareció en mi pantalla un nuevo ícono blanco con un círculo azul marino en el centro y una cruz delgada partiéndolo semejando una mirilla, dentro de éste, dos trazos curvos entrelazados me hicieron pensar en vientos confabulando una tormenta. A partir de ese día, con solo un toque del dedo índice me fui enterando de la temperatura, el porcentaje de humedad, la velocidad del viento, la cantidad de lluvia en milímetros y los rayos ultravioletas en este lado del mundo. Con los cambios de estación también me fui familiarizando con los íconos de alerta y comencé a reconocer los pequeños dibujos indicando calor excesivo, lluvias fuertes, tormentas eléctricas, mareas altas, derrumbes, monzones, peligro de incendios, temperatura baja, heladas, tsunamis, tifones. Confieso que, aunque el programa es muy conveniente y útil, no lo reviso con la frecuencia que debería. Por eso, no es inusual que mientras llueve me encuentre sin paraguas debajo de algún techo callejero, haciendo tiempo en alguna tienda o café, o saltando charcos con el bolso protegiendo mi cabello.

Los hongkoneses, en cambio, se toman muy en serio el asunto del estado del tiempo y en cuanto caen tres gotas del cielo sacan sus paraguas con mayor velocidad que Billy The Kid desfundaba su pistola. En alertas de calor se ven mujeres con sombrillas oscuras que las protegen de los rayos UV, la mayor parte de los jardineros utilizan cubre-brazos y guantes para el sol. La experiencia de vivir en un puerto tropical formado de islas y montañas con memoria histórica de inundaciones, barcos hundidos y deshidrataciones genera una reacción de precaución casi innata. Pero al haber crecido muy consentida en Cuernavaca, la ciudad que goza de una eterna primavera, revisar el clima es un hábito en el que debo trabajar.

Los primeros registros de alertas meteorológicas en Hong Kong datan de 1877. En la gaceta gubernamental se publicó que en caso de mal clima se tocaría un tambor negro desde la Flagstaff Office y cuando hubiera una tormenta aproximándose se dispararía un arma de fuego desde la estación de policía. Las autoridades portuarias se fijaban en las siguientes peculiaridades ambientales: decaimiento del barómetro, aumento en la temperatura, bochorno, descoloración y alteración en las nubes, aves volando en cantidades inusuales. Si además el viento soplaba del norte era probable que se acercara un tifón. Si las condiciones eran acompañadas de vientos del sur decretaban que había un tifón a la redonda con baja probabilidad de que llegara a Hong Kong, pero debían mantenerse alerta.

En 1879, la Royal Society inglesa se percató que Hong Kong tenía una ubicación favorable para el estudio meteorológico en general, y para tifones en particular. El gobierno local aceptó la idea de fundar una institución para el estudio del clima y en 1883 el Observatorio fue creado. A partir de entonces se estableció un sistema más elaborado de alerta para ciclones y tormentas tropicales. En el mástil del cuartel de policía de Tsim Sha Tsui se comenzó a colocar un cono rojo para indicar que había un tifón al norte de la colonia, un cono rojo invertido si estaba al sur, una esfera roja si se ubicaba al oeste y se tocaba un tambor rojo cuando venía del este. El arma de fuego era utilizada para avisar de las tormentas grandes: la disparaban una vez en caso de vientos fuertes, dos veces cuando traían la violencia de un tifón, tres veces (y solo si era humanamente posible) cuando el viento cambiaba de rumbo, poniendo en mayor peligro a las embarcaciones.

La ciudad continuó creciendo, estas alertas se mantuvieron por varias décadas, pero las armas de fuego se reemplazaron por petardos de mayor sonoridad. En 1917, con métodos más sofisticados para el estudio meteorológico, el gobierno anunció la introducción de un nuevo código de alerta, el cual indicaba la dirección del que se esperaba que llegara el vendaval en vez de la posición del tifón. Por primera vez se categorizaron numéricamente las tormentas (del 1 al 7) dependiendo de la fuerza del viento, la cercanía de la tormenta y la probabilidad de que afectara a la ciudad; se estableció un código para alerta nocturna a base de lámparas y los petardos se designaron solo para alertar de las tormentas más peligrosas.

En 1931, para uniformar las señales con otros países de Asia, el gobierno decidió adaptar el código de señales de tormentas marinas de China y en 1956 se tomaron en cuenta las modificaciones sugeridas en la conferencia mundial de procedimientos de alertas de tormenta de Manila. El sistema actual está basado en este último y la numeración que iba del 1 al 10, se simplificó a cinco alarmas, aunque la T9 casi siempre es obviada:

  • T1 un ciclón tropical se encuentra 800km de Hong Kong y podría afectar la ciudad.
  • T3 se esperan vientos fuertes con una velocidad sostenida de 22-33 nudos (41-62 km/h) y ráfagas que pueden exceder los 60 nudos (110km/h).
  • T8 se esperan vientos y ráfagas con la fuerza de una tormenta, con velocidad sostenida de 34-63 nudos (63-117 km/h) y ráfagas que pueden exceder los 100 nudos (180km/h).
  • T9 se espera que la fuerza de los vientos se incremente significativamente.
  • T10 se esperan vientos con fuerza de huracán, con velocidad sostenida de más de 64 nudos (118km/h) y ráfagas que pueden exceder los 120 nudos (220km/h).

La forma de anunciar las señales de alertas también fue modernizándose con el avance de la tecnología. Actualmente, el Observatorio ya no utiliza petardos para dar aviso a la población de una próxima tormenta, pero los nuevos métodos menos sonoros (como los anuncios en la página de internet, la aplicación, el noticiero, twitter) siguen siendo igual de eficientes. Tanto, que cualquier persona que haya vivido aquí pensará automáticamente en un tifón si lee la letra T con un numeral al lado.

Unos días antes de que Mangkhut llegara a Hong Kong, mi esposo me envió desde Singapur una fotografía satelital de la Tierra con un pequeño remolino blanco dirigiéndose a nosotros y otro mucho más impresionante acercándose a Filipinas, la proporción de tamaños de los ciclones era la de un chícharo junto a una naranja. La tormenta tropical Barijat era el pequeño torbellino que en un par de días pasó por el territorio sin contratiempos. Mientras tanto, el ciclón monumental bautizado como Mangkhut, avanzaba hacia nosotros. Debajo de la foto había escrito: «No creo que vayas a poder jugar tenis este fin de semana».

Días antes de que llegara el tifón a Hong Kong las señales de alarma comenzaron a verse y a sentirse: en los edificios aparecían más y más ventanas tachadas con cinta, la leche y el huevo comenzaron a escasear en los supermercados. Cuando Ompong, que es como nombraron al Manghkut en Filipinas, tocó el norte de este país, las imágenes de los daños provocados comenzaron a causar mayor nerviosismo. La población entera revisaba la última información anunciada por el Observatorio sobre la posible dirección que seguiría y la fuerza que tendría.

El sábado, un día antes de que azotara a la ciudad, amaneció soleado, claro y caliente. Para mi sorpresa pude jugar tenis en la mañana y al medio día salimos a comer a Causeway Bay. Terminamos nuestro paseo en Wan Chai entre mucha más gente que, como nosotros, decidió salir a sabiendas de que el domingo el tifón nos mantendría encerrados. Cuando esperábamos en la fila de los taxis para regresar a casa el viento comenzó a sentirse distinto, pero no nos tocó lluvia. Esa noche dormimos plácidamente y despertamos con el anuncio de alerta T8. Desde el departamento miramos llover, el viento se hacía visible a través del movimiento del agua, de los árboles y las ventanas. Poco después anunciaron que estábamos en T10, pero me mantenía poco preocupada.

El verano pasado, cuando azotó el huracán Hato, estuvimos en la alerta más alta, pero dentro de casa nuestra la vida siguió sin cambios y cuando la tormenta pasó solo quedaron las ventanas relucientes. Esta vez, con Manghkut, a primera vez que creí sentir el movimiento del edificio eran pasadas las diez de la mañana. Escondí esta suposición, en especial de los niños, y me convencí de que era mi imaginación: el viento no podía estar moviendo un edificio de treinta y nueve pisos. Hora y media después mi hija lo notó y mi hijo entonces se quedó quieto hasta sentirlo, en contra de mi voluntad reconocí que el viento sí podía estar meneando una construcción de ese tamaño. Progresivamente el cristal de las ventanas comenzó a vibrar con más y más violencia, al igual que las puertas del balcón, las cuales parecían salirse del cancel. Les advertí a los niños que no se acercaran a las ventanas, pero mi tranquilidad iba mermando. Mi angustia se convirtió en histeria cuando mi hijo se acercó al cristal a buscar al milano negro que diario veíamos sobrevolando el cielo en busca de alimento. «Espero que el tifón no destruya su nido», me dijo con preocupación después de haberse recuperado del susto por mi alarido. Nos encerramos en la cocina a comer y, al terminar, el edificio se movía tanto como si fuera una muy crecida torre de jenga con un jugador valiente tratando de sacar una pieza de la base.

Viniendo de una ciudad donde hemos visto los estragos que han dejado terremotos, mi preocupación se extendió más allá de la seguridad de las ventanas. En caso de temblor uno debe salir del edificio, pero con semejante tormenta esa opción estaba descartada. Supuse que, para la altura del edificio debían de haber instalado sistemas de movimiento, pero era demasiado tarde para preguntar esa información. Con la mayor tranquilidad que logré acumular le sugerí a los niños que fuéramos a ver una película al cuarto de baño, la habitación con menos ventanas y ruido. Eligieron Frozen, supongo que estaban en ánimo de tormenta, y llenando de almohadas la tina nos acomodamos apretujados a ver cómo se congelaba el pueblito de Arendelle.

El departamento se siguió meciendo, como si fuera un bote sobre el mar, aunque estaba a la mitad de la montaña y a casi cien metros sobre el piso. Cuando terminó la película nos sentíamos mareados, entumidos, preocupados. «¿Cuándo va a terminar? ¿Van a aguantar las ventanas?», preguntaron los niños. Revisé la aplicación del Observatorio de Hong Kong, pero ellos no predicen cuánto dura una tormenta o qué sucederá durante su paso y la aplicación solo iba agregando íconos de alarma. «Pronto», respondí y les sugerí preparar un postre. Los niños se distrajeron batiendo la mantequilla y el azúcar, tronando los huevos y cerniendo la harina, dividiendo la masa y pintándola de colores. El olor a panqués arcoíris recién horneados los alegró y la mantequilla glaseada que les pusimos encima les terminó de subir el ánimo. A la mitad de nuestra preparación tocaron a la puerta, era el portero preguntando si todo estaba bien, porque en los pisos más altos se habían roto ventanas. Le aseguré que todo estaba en orden en nuestro departamento y cerré la puerta tratando de usar mi lógica. El raciocinio me aseguraba que el edificio estaba construido para aguantar el movimiento, pero la ignorancia de no saber qué hacer en este tipo de desastre natural me hacía sentir asustada e insegura. En estos caso: ¿debemos usar el elevador o las escaleras o ninguno? ¿Había sido una buena idea prender el horno o era mejor no utilizar el gas? ¿Deberíamos tratar de proteger las ventanas con muebles o era mejor quedarnos encerrados en el cuarto de baño? Y luego me asaltaban las preguntas más preocupantes: ¿Cuánto tiempo puede moverse un edificio sin caerse? ¿Cuánto aguantan los amortiguadores de construcción?

El departamento continuó su vaivén hasta el anochecer, al igual que mis inquietudes. Nos fuimos a dormir aun con el sonido del viento azotando los cristales, pero parecía que el piso había dejado de oscilar. Nos acomodamos juntos en una habitación: mi hijo, jugando a acampar sobre cobijas y dentro de una bolsa de dormir; mi hija, en nuestra cama. El lunes despertamos con el sonido del viento y la lluvia, pero lo peor había pasado. Desde la ventana fuimos notando los árboles dañados en la montaña, algunos troncos quebrados como varas y tapando la calle, y contamos los cristales rotos de los edificios vecinos. Las noticias estaban llenas de fotografías y videos de los daños en la ciudad. En el whatsapp fuimos recibiendo imágenes del desastre causado en casas, oficinas y barrios de nuestros amigos. La destrucción no fue tan grave en comparación con la causada en Filipinas o el año pasado en Macao, pero ver una ciudad de imponentes rascacielos mermada por la fuerza del viento provocaba desasosiego.

Me gustaría pensar que esta experiencia más allá de asombrarnos ha dejado una moraleja en nuestra memoria colectiva. Manghkut no será el último tifón en la zona, ni el más fuerte. Si no entendemos nuestra responsabilidad en la conservación del medio ambiente y detenemos su deterioro, las tormentas serán cada vez más violentas. No hay duda de que, si continuamos arruinando el planeta, va a ser él quien con precipitaciones naturales terminará acabando con nosotros. No importa cuánto avancen las señales de alerta sobre posibles huracanes, ni a qué grado mejoremos los mecanismos de construcción de los edificios, al igual que hace más de cien años una vez que llega el tifón solo nos resta protegernos y esperar a que pase.

El martes, dos días después de que hubiera pasado Manghkut, con los niños en casa porque las escuelas seguían cerradas, los escuché gritar: «¡Ahí está, mami! ¡No le pasó nada!». Me acerqué con ellos a la ventana y me señalaron al milano negro planeando en círculos en busca de comida. «Quizá su nido también tiene un sofisticado sistema de amortiguadores de construcción», pensé. Lo seguí un rato en su vuelo, después bajé la mirada hacia Hong Kong. Me imaginé a la gente barriendo restos de cristales, recogiendo árboles caídos, rescatando embarcaciones volteadas, reconstruyendo y ordenando para regresar a la normalidad. Volví a subir la mirada, el milano continuaba su búsqueda, planeando elegantemente frente a nuestra ventana. Miré a mi hija y a mi hijo jugando juntos, y desee que el tifón hubiera respetado y mantenido a salvo a sus polluelos y a su nido.Ø

Hong Kong, octubre de 2018.