Hace unas semanas tomé del librero el ejemplar de Un cuarto propio de Virgina Woolf. En la tercera página encontré mi nombre escrito con tinta azul, reconocí mi manuscrita. Había puesto, además, una coma y el año: 2004. Mas adelante descubrí un separador. Lo curioso es que no recordaba haber leído ninguno de los párrafos apartados; tampoco en cuál librería de la Ciudad de México compré la edición. El número de año me trajo recuerdos de eventos importantes: al inicio de éste cumplí veintiocho años, casi al llegar la primavera me casé, durante el verano adquiríamos mi esposo y yo nuestra primera hipoteca, en el otoño renuncié a mi trabajo y al llegar el invierno nos mudamos a Japón. Pasé la página, apareció el capítulo uno y empecé a leer.

De inmediato fui imaginando a la autora haciéndose pasar por cualquier Mary sentada frente al río, intentando entrar a la biblioteca (a la que le niegan el acceso por ir sin un acompañante del género masculino), sentada en un comedor ordenando sopa y llegando de noche al hotel en el metafórico pueblo de Oxbridge. Me estaba divirtiendo su humor, pero más me sorprendía la cantidad de frases y pensamientos que resonaban con el ambiente actual. Regresé a la segunda página y encontré el año en que fue publicado por primera vez: 1929. «Han pasado casi noventa años desde que lo escribió y sus palabras no se sienten obsoletas», pensé mientras leía, pero mi reflexión quedó inconclusa al recibir una llamada del colegio: mi hija no se sentía bien y debía ir a recogerla.

Para el domingo en la noche, luego de un par de días de fungir de enfermera, en la cama antes de dormir puse a leer el segundo capítulo, contenta de continuar la caminata por las calles de Londres y dentro del Museo Británico, de acompañar a la autora durante la comida y de vuelta a su casa frente al río. Mi esposo llegó a preguntarme si organizábamos la agenda de la semana, por lo que puse el separador al terminar el capítulo.

La siguiente mañana abrí los ojos haciendo planes para el día, pero mi hijo despertó con fiebre. Después de la visita al médico, salimos con media hoja de papel membretado donde nos recetaban una semana de encierro y paracetamol. Logré retomar la lectura varios días después, un poco despistada de en dónde había dejado a la autora después de estar demasiado concentrada en mocos y retortijones de panza, pero pronto volví a ver a la Woolf tomando un libro de historia moderna y escuché sus deliberaciones sobre lo que han escrito los hombres sobre la mujer.

A la mitad de la semana, mientras esperaba a que llegaran los niños de la escuela, ambos finalmente sanos, me adentré al capítulo siguiente, leyendo la discusión de la autora sobre las mujeres escritoras y sus personajes. Absorta estaba cuando llegó un mensaje de la escuela con la noticia de que el Buró de Educación de Hong Kong anunciaba el cierre de las escuelas por el elevado número de casos de influenza en menores de edad. Explicaban que, como faltaba una semana para las vacaciones de Año Nuevo Chino, lo más prudente era dejar a los niños en casa hasta después de ese período. En el caso de la escuela de mis hijos, de un día para el otro les otorgaron a los menores de doce años veinte días de vacaciones; a los padres y madres, en cambio, nos asignaron la labor de perseguirlos para que hicieran el trabajo que debieron haber hecho en el salón de clases.

Horas después, recibí un mensaje donde me recordaban la fecha límite para entregar el artículo del ejemplar de marzo para la revista. Sugerían que escribiéramos algo relacionado con el Día Internacional de la Mujer. Los niños ya estaban instalados en casa, celebrando sus largas vacaciones imprevistas. Me quedé mirando el libro de Virginia Woolf en la mesa de la sala, con el separador inmóvil en la misma página desde hacía unos días. «Justo ahora me hace mucha falta esa habitación propia», pensé. Pero tampoco pude continuar con mi reflexión porque mi hijo llegó a pedirme que le sirviera un vaso de leche y mi hija que revisáramos la lista de la tarea de la semana juntas.

Pasamos algunos días en casa los tres solos o con amigos invitados; otros, saliendo a comer con mi esposo, a la feria o al supermercado. Pero cada vez que intentaba darme un espacio para sentarme a leer o a escribir no alcanzaba a poner tres pensamientos juntos antes de que alguien o algo exigiera mi atención: ayudar a encontrar la espada de un ninja, revisar sumas de fracciones, intermediar una discusión o pelea, resolver lo que habría de comer. No me era posible leer sin perder el hilo de la lectura, menos aún de escribir.

Así me encontraba, a dos días de la fecha límite de entrega, sin lograr poner una palabra en el documento. «Me doy por vencida», me dije y decidí concentrarme en acabar el libro. Esa noche, mi esposo esperaba a que dieran las nueve de la mañana en México para hacer una llamada de trabajo, me metí a la cama con frío y dispuesta a leer el último capítulo. Conforme mis pies se calentaban bajo las mantas, vi a la autora sentada en un departamento en Londres, asomada a la ventana mientras una pareja joven se subía a un taxi y ella comenzaba sus deliberaciones. Volvió entonces mi primera reflexión: Han pasado casi cien años y estas palabras todavía vienen a cuento. Sigue habiendo hombres definiendo cómo debe de ser una mujer. Sigue habiendo hombres que critican a las mujeres pero que se ofenden cuando una mujer critica a otro de su género. Sigue habiendo presión para que las mujeres nos casemos y tengamos hijos. Siguen descartando la inteligencia de las mujeres al casarnos o decidir quedarnos en casa con nuestros hijos. Se sigue juzgando a las mujeres que no se casan, a las que no tienen hijos, a quienes sí se reproducen y tienen trabajos de tiempo completo.

Esa noche fueron dos frases las que me hicieron detenerme: «Las mujeres somos duras con las mujeres. A las mujeres las mujeres les desagradan». En mi experiencia, muchas de las críticas y presiones de lo que debía ser o hacer como mujer han venido de mi propio género. ¿Por qué no hemos aprendido a apreciarnos más entre nosotras? Recordé una frase al final del segundo capítulo, la busqué y leí: «En cien años las mujeres ya no serán el sexo protegido. Participarán en todas las actividades y esfuerzos que les están vedados ahora». ¿Qué opinaría Virginia Woolf si la hubieran congelado antes de morir y la estuvieran sacando de su bloque de hielo ahora? Se me ocurrió que sería una historia muy apropiada para escribir en el mes de la mujer, pero para eso necesitaría leer los artículos y ensayos que se han publicado al respecto sobre este libro y su autora, una no puede andar escribiendo de un tema tan importante y polémico sin la bibliografía necesaria. Mi mente vagaba en dónde hubiera podido empezar a hacer la investigación, cuando mi esposo llegó a contarme sobre su llamada de trabajo y cuando terminó estaba demasiado cansada para seguir haciendo planes imaginarios para los que no me alcanzaba el tiempo, nos fuimos a dormir.

Esta mañana desperté temprano, terminé de leer Un cuarto propio, desayunamos y despedí a mi marido en la puerta. Más tarde les di permiso a los niños para que vieran una serie o jugaran Xbox, si querían podían comer cereal frente a la televisión con la condición de que no entraran a mi habitación. Dejé el teléfono lejos de mi alcance y me senté en pijama frente a la computadora. Tomé el libro, leí la frase más famosa en la contraportada: «Para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio». Recordé que había otra en el último capítulo que me había parecido una explicación más profunda que la anterior, en donde dice que para escribir «tiene que haber independencia y tiene que haber paz». Mi hijo llegó a decirme algo mientras encontraba esta frase, pero no pude terminar de escucharlo porque sonó mi teléfono: era mi marido.

Cuando colgué y mi hijo terminó de decirme lo que le parecía esencial que escuchara, volví a cerrar la puerta. Dudé si debería poner el seguro y dejar el teléfono afuera, no hice ni uno ni lo otro. Me senté en mi escritorio intentando retomar el hilo de ideas, si es que había alguno, si es que estaba teniendo una idea o simplemente andaba relatando mis intentos por leer un libro y escribir un artículo. Miré la portada con la copia de la acuarela en donde aparece una mujer leyendo un libro. Virginia Woolf no solo dice lo que necesita una mujer para escribir, sino lo que necesita cualquier persona para crear algo de relevancia como una novela, un plan de vida o tener un momento de verdadera introspección. Antes de sacar el separador del ejemplar leí en voz alta la última frase: «Sostengo que vendrá si trabajamos por ella y que vale la pena trabajar hasta en la oscuridad y la pobreza», refiriéndose a «la libertad y coraje de escribir exactamente lo que pensamos». Escuché cómo mi hija cerraba la puerta de su cuarto y comencé a deliberar si ella iría a encontrar esa habitación propia, si su salario sería el mismo que sus pares masculinos, si cuando llegara el momento sentiría la libertad de elegir tener hijos o no. «Vale la pena trabajar», repetí.

Entonces me senté frente al tecleado y no me levanté hasta terminar esto que quería escribir.Ø

Hong Kong, marzo de 2018.