Una noche hace más de quince años mi novio y yo nos sentábamos en el sofá de nuestro pequeño estudio en la Ciudad de México a ver In the Mood for Love, la película de Wong Kar Wai. Habíamos visto el corto en el cine antes de que la estrenaran, pero nos la perdimos. Esperé ansiosa a que llegara a nuestro videoclub para rentarla. Me gustó todo de la hora con treinta y ocho minutos que duró: las tomas, los silencios, los colores, las miradas, las sombras, la música, los vestidos. Al terminar, dijo: «Se debería llamar In the Mood for a Nap. Está aburridísima». Discutimos un rato y en lo único que estuvimos de acuerdo fue en la originalidad y elegancia de la ropa de Maggie Cheung, de corte tradicional chino con patrones sesenteros. Unos días después mi novio me regaló la banda sonora de la película. El episodio se convirtió en un chiste privado; el disco en uno de mis favoritos.

Años más tarde viajamos a Beijing y yo llegué con la idea de comprar algo similar a aquellos vestidos proyectados en la pantalla. Cheongsam o qipao, me dijeron que se llamaban y sugirieron mirar en los mercados. Ilusamente busqué, pero lo único que hubo fueron algunos de telas lustrosas que me recordaron a los uniformes de las mujeres que trabajan en restaurantes. Ninguno se acercaba a lo que quería, salvo en los botones diagonales, pero aun así me compré uno negro y pedí que lo cortaran a la altura de la rodilla. El vestido me lo puse una sola vez. Aunque no se veía mal me sentía disfrazada. Luego nació mi hija y éste lentamente se deslizó al rincón de la ropa entallada que jamás me volví a probar.

Con la nueva tecnología y un reciente cambio de casa decidimos guardar nuestros discos en una bodega. A mi CD lo empaqué junto con la esperanza de encontrar algún vestido como el que portaba la actriz en la portada. En cuatro años no volví a pensar en eso hasta el día en que nos anunciaron el traslado a Hong Kong. Mi novio de aquel entonces, convertido ahora en esposo, dijo como cualidad del próximo cambio: «¿Te acuerdas que In the Mood for Love es de Hong Kong?». No, la verdad no lo recordaba. Me dio gusto saberlo, aunque yo ya había caído en la cuenta de que aquella ropa era una ilusión al igual que la historia de amor, los nombres de los personajes y las lluvias en calles solitarias.

Una noche de ocio posterior a la mudanza, con los niños dormidos y mi esposo por llegar a casa me puse a navegar en internet buscando información extra de la obtenida en las guías de Hong Kong. Saltando de un vínculo a otro llegué a una página: Yí-míng, Fashion Oriental, leí las letras doradas y al ver las fotos suspiré, porque en un parpadeo revivían mi abandonado sueño vintage. Por meses me limité a revisar su colección sin atreverme a ir a la tienda. En las modelos se veían perfectos, pero las imágenes me hacían vacilar. ¿Cómo se verían entallando una cadera latina y decorados con cabellos rizados?

Enero llegó y con él los preparativos para recibir el Año Nuevo Chino. Conforme iba viendo adornarse la ciudad de árboles de mandarina, lámparas rojas, petardos, dragones y leones, mi expectación fue aumentando. «Tenemos que hacer algo especial», le dije a mi esposo. Reservé una mesa en Kowloon para ver el show de fuegos artificiales y en cuanto colgué el teléfono supe que el momento de buscar otro cheongsam había llegado.

A Grace Choi, la creadora de la empresa Yí-míng, la conocí en noviembre en la tienda Pop-up de diseñadores mexicanos en Central. Esa mañana vestía un qipao de encaje negro con blanco que se le veía hermoso, pero ella es muy alta, muy delgada y sumamente guapa. Me acerqué para decirle que me interesaba ver su ropa: «Ven a mi showroom el día que quieras, ahí está mi celular». Me dio su tarjeta, la cual era igualmente encantadora, blanca y dorada con decoraciones del diseño tradicional de los botones de hilo. Dos meses más tarde le escribí y acordamos vernos en su tienda el miércoles antes del inicio del año.

Grace es de padre hongkonés y madre de Shanghai. Estudió diseño de modas y negocios, y se inició como modelo en la universidad cuando una agencia la vio modelar ropa que ella con sus compañeros había creado para una asignación. Trabajó para grandes diseñadores como Vivienne Westwood, Vera Wang, Hermés y Oscar de la Renta. Fue entonces cuando comenzó a vestir diseños originales de cheongsam y a notar la apreciación de la gente. Se sentía orgullosa de portar una prenda que representara la historia y tradición de su país de manera cotidiana cuando, por lo general, se utilizan solo para celebraciones. En 2011 decidió crear su marca con la idea de intentar mantener al qipao en uso en el contexto de la vida moderna.

Grace no diseña ropa de manera típica. En vez de iniciar dibujando, comienza eligiendo el material. Es el color y textura de la tela quienes la guían hacia el estilo, el corte, la longitud del vestido. El primer modelo siempre es de su medida. Como un chef degusta su comida para que no se pase de sal pero tampoco quede desabrida; Grace prueba su ropa para medir la holgura correcta pero sin perder las líneas de la figura. Después hace las modificaciones necesarias: quizá sea en las mangas, o en la apertura de la pierna, o en el cuello. Hasta que no tiene la muestra perfecta, no adapta su modelo a las medidas estándares para ponerlo a la venta. De ahí que el resultado sea sobresaliente a la vista y al usarlo.

En su showroom Grace me dejó asomarme entre las filas de vestidos, rechinando ganchos para hacer espacio entre uno y otro. Me enseñó de encaje y de seda, con mangas y sin mangas, de botones diagonales y con un botón en el centro, con impresión digital y de un solo color. Es difícil describir sus piezas porque pueden ser muy distintas unas de otras. Aunque muchas no son estrictamente cheongsam, todas tienen elementos tradicionales que no dejan en duda la nacionalidad del vestido. Hay un par de su colección Fantasía Botánica que me remontaron a los vestidos de Wong Kar Wai, con elementos bien pensados para quienes no tienen el cuerpo de Maggie Cheung: los cortes no son tan entallados, los cuellos no son tan altos y tienen cierres largos. Ninguno de sus modelos pierde la elegancia del qipao, simplemente los acerca a la actualidad, al posible uso frecuente, a salir con él sin sentirse disfrazada sin importar la nacionalidad.

Me fui de su taller con un vestido para mí y uno para mi hija. La mejor manera de mantener el uso del cheongsam es enamorando a las nuevas generaciones. Antes de despedirnos le pregunté: «¿Qué buscas cuando diseñas un modelo? ¿Por qué imprimiste en la última colección tus fotos de flores?». «Una historia», respondió, «quiero relatar en los diseños una experiencia, un recuerdo, un viaje».

En la noche le dije a mi esposo: «Tenemos que volver a ver la película», y nos sentamos igual que hacía quince años a verla, pero ahora con una niña y un niño dormidos en los cuartos contiguos. Las ventanas no miraban a una calle de la Ciudad de México, sino a edificios parpadeantes de Hong Kong. Cuando terminó dijo: «Es buenísima, ¿estás segura de que yo dije que no me había gustado?». Al día siguiente comimos en el Goldfinch, el restaurante de taburetes de piel negra donde filmaron varias escenas de In the mood for love y mientras esperábamos la comida nos reímos juntos por nuestra ineptitud para sacarnos una foto decente.

El domingo en la tarde mi hija y yo nos pusimos nuestros qipao para tomar el ferry y caminar por las calles de Kowloon. Me miré al espejo, «Una historia», pensé en las palabras de Grace. Este vestido no solo contaba una, sino dos: la que había empezado muchos años antes en otro continente, con una película y un disco; y la creada aquí en esta hermosa ciudad, con hilo y aguja, por amor a una tradición y con muy buen gusto. Ø

Hong Kong, febrero de 2017.