Viaje a la naturaleza, parte 2

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Una vez que Milena nos confirmó que la invitación seguía en pie, comenzamos a estudiar los detalles del mapa y los pormenores de cómo llegar. Para nuestra sorpresa Kota Kinabalu, en la provincia de Sabah en la parte noroeste de Borneo, está a tan solo dos horas y media de Hong Kong; Sandakan, en la parte noreste de la isla, a únicamente cuarenta y cinco minutos más por aire. Los costos de los vuelos no eran tan altos como a otras partes turísticas de la región. Con asombro confirmamos que cruzar esta isla de Oeste a Este en avión es más barato que el boleto del tren exprés hacia el aeropuerto de Hong Kong, que es a su vez más barato que un taxi. 

Milena nos indicó que llegáramos a Sandakan y ella nos estaría esperando en la reserva forestal de Sepilok, a catorce millas de ahí. Para llegar a Danau Girang tendríamos que ir en auto hasta el río Kinabatangan a dos horas de distancia y luego tomaríamos una lancha durante cuarenta minutos. 

Entre correos electrónicos y llamadas por teléfono se fueron decidiendo las fechas. Debíamos estar un martes por la mañana en Sepilok para ver a los orangutanes y los osos, después nos iríamos juntos al Centro de Investigaciones. Hicimos un estudio de horarios, vuelos y tarifas, y concluimos que lo mejor sería llegar un domingo a Kota Kinabalu, volar el lunes al medio día a Sandakan, dormir esa noche en Sepilok y despertar frescos el martes para iniciar nuestro recorrido. El plan no era demasiado apresurado para los niños, lo que auguraba tranquilidad familiar.

Mientras tanto, la imagen de Borneo comenzaba a filtrarse en nuestra vida citadina entre rascacielos. Mi hija recordaba las pláticas que le dieron en la escuela sobre la protección de gorilas y otras especies. Invariablemente terminaba con preguntas relacionadas: “¿Eso es lo que hacen en Borneo? ¿Vamos a poder tocar a los animales? ¿Crees que veamos a algún loris?”. Mi hijo, en cambio, se preocupaba por la idea de que hubiera cocodrilos en el río, pero sí quería ver a una serpiente. Comenzamos a revisar nuestros libros de animales y compramos otro de pegatinas de la jungla para el avión.

Con el intenso calor, altos porcentajes de humedad y chaparrones aleatorios propios del verano hongkongnés, nuestra rutina del mes de julio había terminado siendo: quedarnos en casa durante la mañana y salir hasta después de comer ya fuera a un museo, al cine, a comprar un helado, a una alberca u otro sitio que nos pareciera divertido y refrescante. La tarde que fuimos al Museo del Espacio tomamos el MTR, luego el ferry y de ahí caminamos al lugar. Al ingresar nos enteramos que la colección estaba cerrada por remodelación y lo único abierto era la pantalla IMAX. 

Pasado el shock inicial, miramos las películas y elegimos una sobre la sabana africana; los animales no eran de Borneo, pero la perspectiva de ver vida salvaje nos interesó. Para felicidad de mi hija, vimos en la pantalla elefantes mientras nos explicaban sobre su sistema de organización matriarcal y mostraban el camino que debían recorrer para encontrar agua. A mi hijo le impactó la manera en que un cocodrilo cazaba a un ñu, o eso es lo que supongo que era. Al salir, el comentario de ella fue: 

–Ojalá veamos elefantes en Borneo.

–No quiero ver cocodrilos –agregó él. Yo, en cambio, salí del cine con una moraleja fastidiosa sobre la importancia de usar bloqueador solar porque acabábamos de aprender que hasta los elefantes se embarraban lodo para protegerse del sol. 

–Pero yo no soy elefante –reclamó mi hija tratando de zafarse. 

–Exacto, ellos tienen la piel más gruesa que tú y aun así se protegen –le respondí y ella me miró con ojos de incredulidad.

A una semana del viaje, lo único que faltaba era hacer la lista de los indispensables. Me puse de acuerdo con Milena para hablar por teléfono. Le marqué, cuando respondió con el típico “¿Bueno?” mexicano, recordé su tono de su voz. Luego, en segundo plano, escuché la voz de un niño. 

–Mi hijo quiere verlos, ¿te importa si ponemos la cámara? –preguntó. Asentí y pusimos la cámara. Llamé a los niños y ahí, de nuevo a través de una pantalla, mirábamos otro pedazo de Borneo. Era extraño volvernos a encontrar de esa forma: ella en Kota Kinabalu, yo en Hong Kong. Los niños se saludaron, ella me dio la lista de cosas que deberíamos llevar y nos despedimos. 

Ese mismo día fuimos los tres a la zona de tiendas de Causeway Bay a conseguir impermeables y botas. Buscamos en varios centros comerciales, pero no encontramos nada. Después de más de una hora nos sentíamos cansados, con sed y deseosos de irnos a la estación del MTR. Casi por accidente, nos topamos con una tienda de artículos para acampar llena de anuncios de descuento. Ahí, un chico muy simpático nos enseñó impermeables y botas de lluvia para niños, pantalones y chamarras impermeables para adultos, gorras impermeables. Mientras los niños se entretenían jugando con un asador apagado, unas pinzas y una pierna de pollo de plástico, yo me apresuré a decidir tallas y colores. Al día siguiente compré repelente, medicinas básicas y protector solar. 

Mientras tanto, continuamos viendo los episodios de los Diarios de la Jungla de Borneo. En el primero entrevistaban a Benoît Goossens: experto en elefantes, fundador del Centro y esposo de Milena, quien le contaba a Bertie sobre su gran amor por los elefantes, la selva y su familia. En los siguientes episodios iban entrevistando a distintos investigadores y de cada video aprendíamos algo: los pangolines se tragan piedras para triturar su comida porque no tienen dientes, como lo hacían los apatosaurios en la prehistoria; los escorpiones son fluorescentes al igual que nuestros dientes; la importancia de analizar las heces de una especie para conocer su dieta; las serpientes tienen flatulencias; la lagartija monitor es de las más grandes del mundo; los loris son un encantador tipo de primate. Para cuando terminamos de verlos mis hijos, mi esposo y yo hacíamos al unísono el trompeteo junto con la N de Borneo convertida en elefante al inicio y al final de los episodios.

Por fin llegó el sábado previo al viaje, durante la tarde empacamos la ropa, las botas, los impermeables, el repelente. Nos fuimos a dormir temprano, pues tendríamos que despertar de madrugada para tomar el avión. No recuerdo qué soñé, pero sí que nos fuimos jugando Caricaturas… presenta… nombres de… con el tema de animales de la jungla de ida al aeropuerto.  Llegamos al mostrador de la aerolínea contentos, sin saber que la alerta de tifón subiría a ocho en las siguientes horas. 

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