Viaje a la naturaleza

A la grandiosa tribu de Danau Girang. A Damián, Maya y Andrés, mis compañeros de viaje favoritos.

El orangután tenía los pelos largos y enredados. Parecía indigente, aunque no lo era, tenía derecho a casa y comida por ser un habitante del zoológico de Chapultepec. Su espacio se asemejaba a una cárcel como la de Hannibal Lecter, con cristal en uno de sus lados, bastante más amplia. Mi hijo y yo lo miramos desde el otro lado del vidrio mientras el animal se arrinconaba. “Se ve triste”, dijo él. “Desolado”, continué yo. Suspiramos los dos. “¿Te acuerdas de los que vimos en Borneo?”, le pregunté. “Más o menos”, respondió él. Así, parados uno junto al otro, mientras mirábamos a la gente pegarle al vidrio para que el orangután volteara, nos tomamos de la mano. “No deberían tenerlo aquí”, argumentó él. “Es para que la gente sepa cómo es un orangután”, dije como frase de consolación. “Mamá, lo pueden ver en YouTube”, concluyó él y nos alejamos con el corazón apachurrado. 

Meses después me encontré con una colección de libros para niños y niñas sobre “mujeres que dejan huella”. Jane, decía la portada del libro, lo abrí pensando que era sobre la vida de Jane Austin, pero en vez me encontré con la vida de otra Jane. Lo tomé, fui a la caja y lo pagué. Al regresar a casa, se lo obsequié a mi hija. Cuando lo abrió dijo con entusiasmo: “Ah, ¡Jane Goodal! ¡Gracias, ma! ¿Te acuerdas que la conocí en Hong Kong?”. Sí, dije con la cabeza y la miré echarse a su cama a leerlo. Claro que me acuerdo, pensé. Pero ella, al pasar de los años, ¿se acordará de los detalles? 

Abrí la puerta de mi estudio, me senté frente a la computadora y busqué en los archivos de mis documentos. El procesador de palabras abrió un portal con las imágenes de aquellos días en Hong Kong y el viaje a la selva tropical de Borneo. Comencé a leer y de inmediato acerqué las manos al teclado. Sin dejar de ver la pantalla comencé a escribir, reescribir, corregir, con la certeza de que había una mejor forma de entender la vida de los animales de la selva que a través de un zoológico o una plataforma de videos.

🌿

En el verano de 2016 mi esposo, mi hija de ocho años, mi hijo de cuatro y yo nos mudamos de la ciudad de Viena, Austria, al puerto de Hong Kong. El cambio de vida fue brutal. Pasamos de la planicie a la montaña, de cuatro estaciones durante el año a dos, de un ambiente seco a la humedad tropical del mar, de cielos azules y limpios a rascacielos y altos niveles de contaminación. El estilo de vida también era distinto al que nos habíamos habituado y nos costó encontrar actividades para retomar una rutina en la que nos sintiéramos cómodos. Acostumbrados a ir a los parques vieneses varios días a la semana y algún museo los viernes, intentamos repetir estas actividades en nuestra nueva ciudad con el inconveniente de que el sol tropical calentaba los juegos tanto, que no se podían utilizar, y los mosquitos parecían estar saliendo de una huelga de hambre. Los museos, en cambio, eran interesantes, los obstáculos fueron otros, como el largo tiempo que tardábamos en llegar en transporte público, la cantidad de gente que atendía, las largas filas para entrar a las exhibiciones temporales o la planeación con gran antelación porque para actividades, como la pantalla IMAX, se debían comprar los boletos con varios días de antelación. 

En la escuela la adaptación fue un reto similar. Mi hijo venía de atender un kínder austriaco, para el cual ya había logrado entender y comenzar a comunicarse en alemán, pero en Hong Kong solo encontramos sitio en un kínder inglés, teniendo que aprender un nuevo idioma. En vez de que yo los recogiera al salir del colegio, debían tomar transporte escolar, detalle que los dejaba exhaustos y sin ganas de salir a pasear a ningún sitio. A pesar de los grandes cambios comenzamos a aprovechar las ventajas de nuestra nueva ciudad, buscar nuevas oportunidades en nuestros respectivos entornos, y a comer dumplings cada vez que podíamos.  

En ese entonces, mi hija de nueve años se interesó en un proyecto escolar en donde destacaban la importancia de la conciencia ambiental. A las pocas semanas de haber iniciado clases en su nueva escuela se inscribió en el proyecto de Raíces y Retoños –Roots & Shoots en inglés– de su escuela. Un par de veces por semana subía a sembrar a la huerta de la azotea de uno de los edificios y, más tarde, a cosechar. Llegaba a casa a contarnos del dulce sabor de la hoja de cebolla y alguna vez se guardó alguna para que la probáramos. Hizo con el grupo un programa de responsabilidad ambiental en el que enseñaban a los demás alumnos la manera de saber si un producto contiene micro-plásticos. Una de las experiencias que más la impresionó fue conocer a la primatóloga Jane Goodall, quien les relató su historia y el trabajo que ha realizado con los gorilas.

Más aún, tuvo la suerte de que le tocara una maestra canadiense, vegetariana y ferviente protectora de animales, que en las distintas unidades de indagación les enfatizó a los niños la importancia de ser conscientes del impacto de nuestras acciones sobre el medio ambiente. Hablaron del esfuerzo de educación para detener el consumo del marfil, las aletas de tiburón y los cuernos de rinoceronte. Para motivarlos a ver con mayor empatía a los animales, algunos días llevó al salón de clases a su conejo, Sunny Bunny, y al conejillo de indias, Munchie, ambos adoptados de una casa de salvación. 

Al mismo tiempo, mi hijo, de cinco años, dejó atrás la pasión por los dinosaurios y comenzó a fascinarse por el mundo de los animales extraños –tradúzcase a poco conocidos–, las especies en peligro de extinción y los insectos. Memorizaba los detalles de los animales que aparecían en sus tres libros, cada uno con el título correspondiente, y se los repetía a quien quisiera escucharlo. Cada vez que alguien le mencionaba algún animal del que no había escuchado hablar, llegaba a contarnos sobre él. Su maestra también jugó un papel importante, haciendo actividades como salir a observar insectos y recolectar hojas en el pequeño jardín de la escuela.

Por lo anterior, cuando mi esposo y yo comenzamos a planear las vacaciones de verano, se nos ocurrió elegir un lugar en donde pudiéramos ver animales que, a nosotros viniendo del continente americano, nos parecieran exóticos o extraños y que al mismo tiempo fuese un sitio donde se mantuviera un respeto al medio ambiente. Nuestra primera idea fue ir a Australia, pero decidimos buscar otras opciones porque sería invierno en el hemisferio sur y con el agua fría del mar nos perderíamos gran parte del encanto de sus extensas playas semidesiertas. 

Una noche, mientras cenábamos, platicamos sobre el tema. Mi esposo dijo de pronto: 

–¿Y si vamos a Borneo?

–¿Borneo? –le pregunté tratando de entender de dónde venía la sugerencia. 

–Sí, ahí está Milena, ¿te acuerdas de ella? Trabaja junto con su esposo en Danau Girang –respondió. De ella, claro que me acordaba y, aunque su lugar de trabajo me sonó a postre asiático, asentí. Cuando mi esposo fue al baño hice una búsqueda relámpago desde el teléfono para descifrar a qué se refería. No leí la información de la página, solo vi las fotos y el logo de la Universidad de Cardiff, porque al mismo tiempo mi mente comenzaba a viajar más de veinte años al pasado.  

Milena Salgado y mi esposo se hicieron muy buenos amigos en la prepa en Cuernavaca, al formar parte del grupo de alumnos que participaba con seriedad en los Modelos de las Naciones Unidas. Yo, en cambio, me inscribí con el simple objetivo de saltarme clases, viajar a otras ciudades para representar países de los que nunca había oído hablar y participar, el siguiente invierno, en el modelo organizado por Harvard en la ciudad de Boston, donde por primera vez en mi vida vi nevar. Después de ese viaje, me salí de la comunidad de chicos que jugaban a arreglar el mundo, pero adquirí un conocimiento mínimo de Botswana y un amigo que se convertiría en mi compañero de vida; en cambio ellos, como muchos otros, continuaron participando y gracias al cariño colectivo hacia la maestra que impulsaba esa actividad se mantuvieron todos estos años en contacto.

Cuando mi esposo regresó a la mesa, yo volví al presente. A modo de explicación, me contó que Milena había estudiado biología y realizado su doctorado en el santuario del Kinabatangan, en la isla de Borneo, del lado malasio, precisó, como si ese dato me ayudara a entender mejor. Ella le había dicho, cuando se enteró de que nos mudábamos a Hong Kong, que estando tan cerca deberíamos visitarla.

Unos días y algunos intercambios de correos después, mi esposo llegó a contarme que Milena efectivamente había hecho su estudio doctoral en el Centro de Investigaciones de Danau Girang, aunque ahora vivía en Kota Kinabalu, tenía un hijo de la misma edad que el nuestro e iba con regularidad a la jungla porque el Centro lo dirigía su marido, originario de Bélgica. La invitación continuaba abierta, sería un plan perfecto de verano con dos niños de la misma edad. 

–Tendríamos que llegar a Sandakan y de ahí ella nos ayudaría a llegar al Centro de Investigaciones. Están publicando unos videos sobre el trabajo que hacen, deberíamos verlos –dijo mi esposo para terminar. 

El siguiente sábado, durante la comida, les comentamos a los niños el posible plan de vacaciones: 

–¿Qué animales hay en Borneo? –preguntaron. 

–Orangutanes, elefantes, osos, monos, rinocerontes, pangolines… –fuimos diciendo entre los dos. Mi hijo salió corriendo a su cuarto y regresó con su libro de Animales extraños.

–¡Aquí está el pangolín, parece una alcachofa! –dijo orgulloso. 

–También hay de estos monos narizones –les dijo mi marido señalando la página y los niños gritaron emocionados: 

–¡Yo quiero ir! 

Al terminar de comer fuimos por el iPad para buscar los videos que Milena le había sugerido ver. Pronto estábamos los cuatro apachurrados frente a la pantallita escribiendo junto a la lupa de búsqueda de YouTube: Borneo Jungle Diaries. Seleccionamos el primer episodio, hicimos grande la imagen y comenzamos a escuchar una música instrumental mientras veíamos la bruma deslizarse entre los árboles; una voz de hombre comenzó a hablar en inglés: Todo comienza con una gota… En la pantalla ésta se veía caer de una hoja y después cambiaba la toma a un riachuelo corriendo entre piedras. Estos cauces son el alma de la jungla… Salían imágenes de una y otra cascada. Soplando a través de la selva de Borneo está un río que mantiene una biodiversidad como ninguna otra… Una toma aérea de una corriente más fuerte moviéndose entre piedras: Es… el majestuoso… Río Kinabatangan. La toma aérea se hacía más abierta, la música más emocionante y de pronto aparecía un imponente río cruzando la jungla. 

–¡Woooow! –dijimos los cuatro. La voz continuó hablando mientras pasaban imágenes de un mono, un elefante, una serpiente, un mono narigón, unas aves, un cocodrilo, un orangután: El hogar de innumerables especies, incluyendo 44 mamíferos y 37 aves endémicos

–¿Vamos? –dijo mi esposo mirándome a los ojos. 

Parecía que, a través de una pequeña pantalla con la voz de Aaron ‘Bertie’ Gekoski, el fotoperiodista que narra los episodios del Diario de la Jungla de Borneo, las imágenes de un río, una jungla, las especies que lo habitan y un simpático trompeteo de un dibujo de la N de Borneo convertida en elefante, dábamos inicio a nuestra aventura. –Vamos, le respondí.

Da click abajo para continuar con la parte 2 👇

2 comentarios de “Viaje a la naturaleza”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *