Pasé la hoja y leí: «PRIMER PARCIAL, JUEGO UNO. Sintió el cuero de la bola entre el pulgar, el índice y el cordial de la mano izquierda. La rebotó contra el pavimento una, dos, tres veces, haciendo girar en el puño de la derecha el mango de la raqueta». Bajé el libro y cerré los ojos. Sentí en mis dedos los caminos de goma y la textura del fieltro; el mango deslizándose en rotación entre el hueco de mi mano. La pelota y la raqueta que describe Álvaro Enrigue son muy antiguas, distintas a las de ahora, pero cualquier tenista puede sentir esta imagen así haya sucedido hace cuatrocientos años. Abrí los ojos, desde la ventana veía la cancha entre la selva y los rascacielos. Pensé en el mensaje esperando en mi teléfono: «Hola Diana, soy Lina. Are you interested in playing tennis? ¿Hablas español?» La raqueta enfundada en el closet pronto empezaría a llenarse de moho. La frase «la pelota está en tu cancha» rebotaba en mi cabeza, quizá era el momento de dar dos pasos y volverle a pegar.

A los cuatro años de edad mis padres me inscribieron, junto con mi hermano, de cinco, a clases de tenis; ahí recibí mi primera raqueta: una Slazenger Junior Club de madera. A él le gustó el juego y continuó; yo deserté. No había nada más infructuoso en mi limitado mundo que pegarle a una pelota. A los nueve, aburrida de ser espectadora en los torneos en que participaba mi hermano, decidí empezar a jugar. Pronto lo habría dejado si no hubiera sido por los trofeos. Por extraño que parezca, al inicio, los recibía sin ganar. Había pocas niñas compitiendo al tenis en Cuernavaca y varias veces nos inscribimos solo una o dos. Si yo era la única, me daban el trofeo porque no les servía de nada quedárselo; si éramos dos, jugábamos la final, perdía, y me daban una copa de finalista.

Aquellos trofeos ganados injustamente me animaron a entrenar junto con mi hermano. Mis padres, que ya jugaban desde antes, estaban encantados porque nos habíamos convertido en una familia tenista. Nuestra vida comenzó a girar alrededor de este deporte: las tardes y los amigos en torno al entrenamiento, los fines de semana al club, los viajes a los torneos, las conversaciones a los partidos. Sin proponérmelo mejoré mi juego y el desempeño al competir. Primero pasaba una ronda, luego dos. Más tarde, cuando me lo propuse, comencé a ganar torneos estatales y regionales. El año que cumplí doce años subí con rapidez de ranking y al terminar la temporada me coloqué en séptimo lugar nacional, calificando al Torneo de Maestros de mi grupo de edad. Mis padres, al igual que yo, estaban tan sorprendidos como orgullosos. Mi entrenador, entusiasmado, organizó semanas de práctica; era la única del equipo que había calificado.

Tengo recuerdos enfrentados de aquellas mañanas bajo el sol pegándole a la pelota, corriendo drills por la cancha, cargando pesas con las piernas, haciendo abdominales. Aun los pienso como contrincantes: Satisfacción de entrenar vs. Fastidio por no estar refrescándome en la piscina o leyendo un libro. Felicidad de haber sido la única en lograrlo vs. Tristeza de estar yo sola. En el fondo, envidiaba a mi hermano, quien ya había terminado su temporada de competencia del año.

En septiembre me tomé una semana de clases para ir a San Luis Potosí. Me encantaba la idea de viajar con mi papá y saltarme días de escuela, pero no tenía muchas ganas de jugar. Recuerdo con detalle el primer partido contra la número uno. Empecé jugando bien, notaba el esfuerzo del verano: mis golpes eran consistentes, mis piernas rápidas y mi saque preciso. Iba ganando y sentía que estaba dominando el juego. Ella marcó fuera una bola que según yo había mordido línea. Llamamos al árbitro y, cuando éste llegó, por primera vez no vi la necesidad de abordarlo con explicaciones, lo lógico era repetir el punto; para mi sorpresa le dio el punto a ella y mis alegatos tardíos no sirvieron de nada. Me pareció la decisión más injusta. Enfurecí, me desconcentré y empecé a perder. Entre más puntos perdía, más me enojaba. El partido se me hizo eterno y doloroso. Sabía que si hubiera seguido jugando como en un inicio ya estaría afuera, festejando; en cambio seguía adentro, sufriendo y, además, perdiendo. En los cambios de cancha tramaba en fingir una caída para dejar de jugar o darle un raquetazo al árbitro para que me amonestaran. Los demás partidos casi no los recuerdo. Solo sé que los perdí todos.

Cuando regresamos a Cuernavaca retomamos los entrenamientos. Yo no quería seguir jugando, pero ¿cómo dejar de hacerlo cuando una serie de gratificaciones se condicionan a una actividad? Si dejaba el tenis, ¿seguiría teniendo las tardes enteras de complicidad con mi mejor amiga, los viajes con el equipo, los aplausos de mis padres, la atención de los demás? Continué, pero me costaba trabajo concentrarme en los juegos y ganar. Me empezó a dar pereza competir, aunque tampoco quería dejar de pertenecer en el grupo «de las mejores». Comenzaron a darme pánico los partidos; vomité en los baños de muchos clubs antes de cada uno. A los catorce años terminé en número diez nacional para singles, contenta de no haber calificado al torneo de maestros y llegué a una final de dobles nacional. Cuando acabó la temporada abandoné el entrenamiento.

Los siguientes años tomé el tenis casi como un hobby. En el bachillerato y la universidad competí porque ahí estaban mis amigas; utilizábamos al equipo de tenis como excusa para viajar juntas, saltarnos clases, beber cerveza y reírnos a carcajadas. Mi raqueta todavía me acompañó a otros países; no gané partidos, pero sí varias amistades. Cuando nació mi hija hace nueve años, para hacer espacio en el closet, le pedí a mi papá que guardara mi raqueta. Al mudarnos a Hong Kong lo primero que vi al llegar a nuestro nuevo departamento fue la cancha de tenis en la acera opuesta. Se lo comenté a mi papá por teléfono:

—Es un buen ejercicio y haces buenos amigos. Deberías regresar —me dijo.

—Pero no tengo raqueta —alegué. Dos meses después llegó con una Babolat nueva y la vieja Prince blanca que le había dado a guardar.

—Tú elige —dijo y acabó con mi pretexto.

Por meses miré las perfectas líneas blancas sobre el concreto verde pensando en sus palabras. Él, a sus setenta y dos años, sigue jugando muy bien. El tenis lo mantiene sano, en forma y dispuesto a hacer cosas ajenas a su personalidad: dormirse un sábado a las 9 de la noche, pararse de madrugada un domingo, caminar hasta el fin del mundo para encontrar una tienda de tenis en un viaje de vacaciones. También a través del tenis ha hecho amistades estrechas y duraderas. Es tanto su espíritu de camaradería, que mi madre y yo tememos cada vez que recomienda a su compañero dentista o al contrincante que vende seguros, porque él los contratará sin importar cuántos empastes caídos o facturas sin cobrar queden al final del año.

Una mañana de dolor de espalda decidí regresar a hacer ejercicio y buscar con quién jugar. Pronto llegué al perfil de Lina Gómez. Cuando leí «Ha competido en España a nivel nacional e internacional», mi mente llegó a una sola conclusión: «Habla español». Es curioso cómo, para mí, el tenis está ligado a la lengua materna. Quizá porque fue con mi amiga de la adolescencia con quien descubrí el placer de hablar por horas sentadas en el piso de una cancha con las piernas estiradas y sintiendo el calor del concreto. ¿Cuántas confidencias habremos compartido? ¿Cuántas palabras de aliento cuando perdimos una final o al primer novio? Ella fue la primera de la lista de amigos con raqueta, porque ¿cuántas amistades caben en una cancha, cuántos secretos dentro de una pelota, cuántas risas entretejen una red?

Le escribí a Lina por el idioma, pero son sus clases y su ánimo los que me han hecho volver al tenis. Nos encontramos en las canchas públicas de Bowen Road y su sonrisa me transmite ganas de jugar. Más tarde, me lanza sugerencias junto con las pelotas: «termina el golpe hasta arriba», «flexiona las rodillas», «sube más el pie». Tiene un muy buen ojo y nota mis fallas técnicas; me corrige detalles para que no se vuelvan mañas, pero tampoco pretende cambiar mi estilo. Funciona. En pocas semanas he dejado de hacer dobles faltas, mi antigua derecha está volviendo a la vida y mi revés termina menos veces en la red.

Aunque ella juegue mucho más que yo, por costumbre la he ido midiendo como contrincante, al tiempo que la voy conociendo como persona. Su padre, al igual que el mío, es quien la impulsó a jugar. En ambos casos el tenis ha sido un lazo de cariño paterno, un ejemplo, un gusto en común. En diez clases nuestra conversación, al igual que mi juego, se ha vuelto más natural, cómoda y desenvuelta.

Conforme va llegando el calor del verano nos sentamos más a menudo a beber agua. En las bancas custodiadas por selva y edificios le pregunto por sus perros, las caminatas en Discovery Bay, los entrenamientos para el Dragon Boat, cómo conoció a su esposo, la escuela de tenis de su padre. La semana pasada le pregunté:

—¿A quiénes te gusta más enseñar? ¿A niños o a adultos?

—A quién le guste jugar tenis —respondió sin pestañear.

Nos despedimos y quedamos de comer juntas algún día después de la clase. De camino a casa desde las canchas pensé en Lina y el ejemplo de su padre. Ella, al igual que él, decidió dedicarse al tenis, pero no solo a jugar, sino a enseñar, a legar el deporte. Pensé en mi papá y en sus palabras, me sentía bien después de jugar, sin dolor de espalda. Espero continuar sana y jugando a los setenta y dos años. Espero, como él, tener muchos más amigos que años en las canchas. Ø

Hong Kong, junio de 2017.